Estrecha victoria deja al chavismo debilitado pero no extinto: panorama y posibilidades

Abecor
 “Mi opinión firme, plena, como la luna llena; irrevocable, absoluta, total, es que en un escenario que obligaría a convocar de nuevo a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Yo se los pido desde mi corazón”.

Éste fue el último exhorto que  el extinto presidente Hugo Chávez hizo a sus seguidores en diciembre de  2012, cuando partió  a Cuba a someterse a una operación para combatir el cáncer que finalmente le costó la vida.  

De ahí en más, Maduro quedó como el “heredero político” , con la dura misión de preservar en el poder al  chavismo y, de paso, mantenerlo como referente del llamado socialismo del siglo XXI que cundió en la región.

Si bien el  domingo  Maduro logró su cometido, mantenerse en la Presidencia que tomó en marzo de manera interina,  su triunfo electoral sobre el conservador Henrique Capriles fue tan estrecho que para muchos fue más bien una derrota. 

El apretado resultado generó   una crisis que -más allá de los muertos y    heridos  que se dieron en la semana en protestas en demanda del  recuento de votos- parece marcar  el inicio de una nueva etapa signada por la   “musculatura política” que la oposición ostentará después de más de una década de casi total ausencia. 

¿A qué estamos asistiendo? “Es una transición poscaudillista entre lo que significó Hugo Chávez y lo que representa ahora  Nicolás Maduro, como nuevo Presidente y con una crisis de por medio”, sostiene el sociólogo Franco Gamboa Rocabado.

“Ahora Maduro -continúa-  no va a tener que  responder sólo a lo que él defiende, que es la revolución bolivariana y el viejo sistema chavista, sino también tiene que pensar en cómo satisfacer al otro 49% de antichavistas”.

Votos y razones     Durante la campaña electoral, Maduro se enfocó en la figura de Chávez,  bajo la idea de que  continuaría  el legado del caudillo, dando así bajo perfil a sus propias cualidades, como la de un sagaz negociador, según diferentes visiones.

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“Yo no soy Chávez, pero soy hijo de Chávez”, dijo en una ocasión.  Capriles, en cambio, apuntó todos sus dardos contra Maduro, afirmando  que  éste pertenecía al “entorno” que muchas veces Chávez tildaba como ineficiente. “El problema eres tú, Nicolás”, dijo.

En las elecciones de octubre de 2012,  Chávez obtuvo el 54,4% de votos, contra el 44,9% de Capriles. El domingo, Maduro consiguió  50,6% y Capriles 49,1%, pese a que encuestas previas daban  al primero un triunfo por un margen de más de 10%.

¿Qué ocurrió para que el apoyo al  chavismo mermara de esa forma en seis meses? ¿A qué obedece que varios electores chavistas le hayan dado la espalda a la  última voluntad  del extinto líder?

“La obediencia a un pedido así es relativa. La gente siempre vota con el corazón y la cabeza. El corazón de los venezolanos los impulsaba a reconocer el aporte de Chávez a través de Maduro, pero su cabeza les advertía sobre un Presidente que se presentaba a sí mismo como un mero testaferro, y que no parecía adecuado para enfrentar los graves problemas económicos del país”, sostiene el periodista y escritor Fernando Molina.

El internacionalista  Alberto Zelado Castedo considera que lo que puede explicar ese fenómeno es   “el poco carisma y las insuficientes cualidades de Maduro, el excesivo uso de la imagen y legado de Chávez, el natural desgaste de un proceso político de 14 años  cuya continuidad está representada por Maduro; además del elevado índice de inflación y las recientes devaluaciones,  que afectan, sobre todo, a los sectores populares”. 

El horizonte del chavismo
Si bien Maduro  deberá hacer frente no sólo a la crisis política actual, sino al asedio de problemas  económicos,   Molina y Zelada  coinciden en que   no se puede hablar aún del  fin del chavismo. 

“No se aproxima el ‘principio del fin del chavismo’. Éste seguirá siendo, por un buen tiempo -difícil de calcular en este momento- una fuerza política importante y un referente inexcusable en el desenvolvimiento del sistema político venezolano”, sostiene Zelada.

No obstante,  estima que de lo que sí se puede estar seguro es que la victoria de Maduro fue “un triunfo débil que transmitirá esa debilidad a la Presidencia”.  

Molina  prevé que el régimen “comenzará a resquebrajarse por las disputas internas a la conducción de Maduro, especialmente si éste no ofrece victorias al chavismo”.

Zelada sostiene que el chavismo no tendrá “la calidad” que tuvo en vida de su líder y que dependiendo de “las circunstancias que rodeen a la administración Maduro y al desempeño de la oposición, es probable que
su vigor decline y llegue a perder la fuerte tendencia a la hegemonía que tuvo antes”.

Haciendo una lectura transversal,  Gamboa asegura  que  los resultados electorales  en Venezuela son un “buen dato”, pues  la rearticulación de la oposición en materia de otras opciones electorales muestra un fortalecimiento del sistema democrático en Venezuela, algo que podría reflejarse en otros escenarios de América Latina.

Molina, en cambio, lanza interrogantes: ¿Por qué no se aceptó el reconteo de los votos? ¿Por qué se precipitó la designación de Maduro? ¿Por qué se pretende acorralar a Capriles? ¿Por qué se habla de golpe si el Ejército está en manos chavistas?

Y se  responde a sí mismo: “las ‘revoluciones en democracia’, cuando pierden su mayoría y su capacidad de triunfar democráticamente, devienen en revoluciones nomás, es decir, en medios violentos para la conquista o -en este caso- la conservación del poder”.

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